martes, 21 de abril de 2009

El Matadero de Villaviciosa...

Hace unos años, tuve una temporada de esas de “ir tachando cosas pendientes por hacer, de tú lista imaginaria” y entre ellas, había cosas tan absurdamente fáciles de cumplir, como asistir a una rave.
La rave del matadero en cuestión, la organizaban (como su nombre indica) en un matadero abandonado y así fue como descubrí este lugar.
Sin linterna, en la oscuridad más absoluta, campo a través, guiándonos sólo por el sonido de la música que se escuchaba a lo lejos, llegamos a una enorme nave, que habían “acondicionado” para la ocasión.
La experiencia no estuvo mal, la “cosa pendiente” quedó tachada y la ubicación guardada para poder descubrirla a la luz del día y poder perderme por lo que parecía un grandísimo edificio.

Y así fue, como días después y tras ponerle cara a Abandonalia, volví armada con mí cámara de fotos y mis ganas de indagar…

El lugar constaba de varios edificios, alguno ya inexistente convertido en escombros y otro totalmente quemado.

Podías encontrar desde botas de trabajo, hasta delantales de carnicero.

Muchísima documentación tirada, cartas, albaranes, archivos, talones pendientes de enviar…
Salas separadas por cortinas de plástico industrial, que hacían volar mi imaginación (y que más tarde utilicé para una sesión con modelos).

Auténticos laberintos por los que podías imaginar a los animales camino de su triste final, pasillos interminables con grandes puertas que parecían dar paso a lo que en su día fueron las cámaras frigoríficas.




Pero sin duda, el rincón que más me enamoró de este lugar, fue una pasarela que comunicaba dos de las naves. El techo era de uralita verde y tenía agujeros por todas partes, por los que se colaban los rayos del sol. La luz de aquel pasillo, era impresionante.


Hubo algo que llamó mi atención y fue una carta en la cual, se exigía al matadero que cumpliera con el mínimo de matanzas exigidas a la hora. En caso contrario, se recurriría a sancionarles por faltas muy graves. La carta tenía fecha de 1983. Supongo que ese fue el comienzo del fin de este lugar.

viernes, 17 de abril de 2009

Viajeros al tren...

Hace demasiado tiempo, que el abandono se coló en mi vida.

Recuerdo, que ya de niña, me llamaban la atención esta clase de lugares. Podía pasar horas mirándolos e imaginando que podría haber en su interior.

Mi familia y yo, teníamos una casa a orillas de un pantano. En la construcción del pantano, arrasaron con un pueblo que había en la zona. Contaban los lugareños que la ermita que había sobre la colina de la montaña, estaba hecha con las piedras que habían formado la antigua, pero lo cierto, es que cuando el nivel del agua bajaba, asomaba un campanario. A mí, me encantaba imaginar, que podría haber debajo del agua. Cuál sería el aspecto de ese pueblo, desolado, hundido, comido por el agua.

Cuando mis padres decidieron cambiar campo por playa, el edificio que estaba frente a nuestro apartamento, estaba abandonado, tapiado y esperando un comprador. Por las noches, me encantaba sentarme en la terraza y observar la oscuridad que inundaba las habitaciones de esa gran mole de cemento.

Entonces sólo era una chiquilla asustadiza que inventaba miles de historias en su imaginación.

Ahora, aficionada a la fotografía, con el tiempo y la suerte de haber conocido a
http://abandonalia.blogspot.com/ he hecho realidad mi sueño y tengo una modesta colección de lugares, abandonados a su suerte.

Y aquí empieza la historia...

En un apeadero de tren, cercano a un hotel también abandonado.

El hotel lo descubrí durante un viaje. Ese es el "peligro" que tiene esta afición extraña y es que tus ojos se van sin querer hacía los márgenes de la carretera buscando lugares...vacíos...desolados...
Le comenté a Abandonalia que iba a hacer una sesión de fotos al hotel y él me comentó que cerca se encontraba este lugar...



Llevo dos años y medio, entrando en estos sitios y creo que este, ha sido el que más me ha impresionado.
Después de pasar todo el día en el hotel, con la historia confusa de una niña muerta, está claro que iba sugestionada.
Además, generalmente, no encuentras indicios de vida en los lugares, no encuentras colchones y mucho menos "camas hechas". Creo que eso es lo que me llevó a sentir esa sensación de "miedo" o respeto a este lugar.


En el suelo, todo amontonado, tirado, desordenado, pero sin embargo, en las repisas, los platos y los vasos estaba perfectamente ordenados. Las habitaciones estaban en penumbra y con el pequeño resplandor que entraba por las ventanas y el centelleo del flash, sobre las camas, cualquier bulto podía hacer volar tú imaginación.
Era como si en cualquier momento, una persona anciana, con síndrome de diógenes, pudiera aparecer para recriminarte qué hacías metido en su casa.

Nos hubiera encantado pasar las horas muertas recopilando información del lugar, indagando entre sus calendarios, revistas, frascos y demás, pero era tarde y la "sensación" no nos abandonaba...no me abandonaba...